Encuentro con mi infancia

Cansada de tanto leer, de bajar y subir autobuses durante media tarde por fin llegué a mi pueblo. Mi madre en seguida me propuso ir a casa de la abuela, hacía más de un mes que no iba y me provocaba fastidio el pensarlo.La ciudad me había absorbido. Podría decir que esa casa es uno de los lugares más pacíficos del mundo, sin embargo, ahora cualquier espacio en esta tierra representa para mí algo seguro y agradable, por lo que no sentí la necesidad de transportar mi cuerpo hasta allá, no presentí lo que me esperaba, las cosas buenas de la vida pasan así, cuando uno menos se lo espera. Entonces, acepté y fui a casa de mi abuela.

Casi siempre que llego allí saludo rápido y me salgo al jardín, a ver las flores, parece que tengo una atracción inagotable por ver las plantas de esa casa, siempre con la esperanza de que me encuentre con una hierba nueva a la cual pueda hacerle una foto. Estaba en el jardín husmeando como siempre, los gatos que normalmente habitan la casa por generaciones parecían más ariscos de lo normal y no me dejaron ni siquiera acercámeles un metro. No insistí. Llegué al límite que divide el pasillo con el patio trasero, “el corral”, había una malla y unos botes obstruyendo la entrada, busqué en seguida mirar por todas partes con el fin de encontrar una rendija por donde pasar, el patio se veía boscoso, ya empezaron las lluvias, y me dio curiosidad ir a ver si había plantas nuevas y verlas hasta cansarme. Parece ser que me llama más la atención estar buscando paisajes, bichos raros, plantas, recuerdos, que irme a sentar con los abuelos y la tía, que para diversión de la familia siempre tiene historias graciosas que contar de las cosas más simples y cotidianas de su vida monótona, es una cosa suya, no se da cuenta que tiene esa chispa que a todos nos alegra, es como una especie de terapia de la risa. La adoro, es mi segunda mamá, por instantes se me olvida luego vuelve el sentimiento.

Al final pude ver una puerta que conducía al patio, tenía que dar la vuelta a la casa para irme a otra de unos parientes que la han dejado a medias construída y que ahora era el único espacio libre sin puerta para ir al corral. Entonces fui, pasé por los cuartos oscuros y fríos sin terminar, sentí una sensación de espíritus ahí y pensé que esa casa jamás sería terminada, hubieran dejado mejor el jardín que antes estaba allí, daba mejor aspecto y un aire de grandiosidad donde de niña podía correr como si no hubiera una barrera, era tan grande el terreno. Así pues, atravesé el marco sin puerta y me dirigí a  los arbustos y flores silvestres que crecían frondosas a causa de la lluvia de verano. El olor a granja era evidente, no me importó mucho, los vecinos aún conservaban animales desde hacis años y me había acostumbrado al mal olor, no era incómodo, hasta cierto punto evocaba recuerdos de cuando mi tía tenía lleno el gallinero y las corraletas con cerdos.

Fui a hurgar entre los nopales y las enredaderas que colgaban, como descomunales, haciendo ver cuánto habían crecido por la lluvia y cuánto se habían extendido por todas partes. De repente en mi estupidez de niña que bobeaba por arriba y por abajo, logré identificar sin ningún esfuerzo que bolas rojas en vueltas en cáscara con pliegues puntiagudos estaban esperando allí para ser vistas. Los ojos me brillaron en seguida, las reconocía, eran un tipo de tunas exóticas que por aquí en los al rededores les llaman tasajo. Son de un color violeta-rojo vivo con semilitas negras que le dan un aspecto divertido a la fruta que para mi conocimiento y tristeza casi están a punto de desaparecer. Me emocioné mucho cuando las vi, la última vez que corté una de esa misma mata fue cuando era niña, tendría unos diez años y cómo me gustaban, pensaba que era una fruta muy peculiar y que yo tenía el privilegio de comerla cada verano. Después de un tiempo y por el paso del hombre a través de sus químicos y pesticidas, cambio climático y demás creía que nunca volvería a probar esas tunas. Me puse melancólica un tiempo y  a ratos recordaba el sabor, la consistencia y el colorido de la tuna tasajo que jamás la volvería a probar de nuevo , hasta hoy. A veces las vendían en la calle a precios elevados por pieza quienes aún en sus casas en pueblos lejanos tenían la dicha de conservar este tipo de planta. La gente que la vendía bajaba de los pueblos en el cerro y hacían su agosto con ella.Una vez un señor iba vendiéndolas por la calle, se me antojaron y quise comprar una pero el precio me provocó coraje y pensé que eso no valían, así que regresé la pieza a donde la tomé y me fui, yo antes las tenía gratis y era feliz, era una de mis frutas favoritas, el precio me escandalizó y opté por aguantarme las ganas y tragarme mi rabia, que no tenía una verdadera justificación pero allí estaba.

Le grité a mi tía cuando me di cuenta en segundos que las tunas estaban maduras y que las podía cortar, a ella le sorpredió el hecho que después de tantos años esa mata haya retoñado y dado fruto de nuevo, al igual que yo la considerábamos perdida. Mi tía llegó con un palo gigante de caña, con un tipo garfio mal doblaFeatured imagedo en la punta, con eso cortábamos todo tipo de frutillas o ramas que se encontraban fuera de nuestra altura aún si poníamos una silla. Me sentí eufórica y miraba por todas partes, las quería todas, ¿cuál corto primero a la izquierda, a la derecha o arriba? Mi tía seguía sorprendida todavía por ver las tunas y me decía repetidamente que era raro que las hormigas y las ratas no se las hayan comido todavía, me lo dijo varias veces hasta que comprendí que el asombro era tal que creíamos estar soñando, ¿dónde estaban las ratas? ¿dónde estaban las hormigas? ¿por qué dio fruto la planta?

Me esmeré muchísimo para alcanzar hasta la última tuna madura que pude ver, tuve que batallar un rato para cortar aquellas que estaban sobre la coronilla de un mezquite que tenía ramas entrelazadas, lo cual dificultaba que las tunas cayeran con facilidad al piso, mi tía energética también me ayudaba como podía, quitaba cualquier estorbo ramal que me obstruyera la vista para poner bien el garfio en la tuna y retorcerla hasta cortarla. Me quitó las higuerillas del camino, mis lentes estorbosos, quebró ramas secas y seguía sin entender por qué había revivido el nopal. Al final pude cortar todas las tunas coloradas, fueran grandes o pequeñas, mi tía las recogía del suelo cuando caían, llenamos una cubeta pequeña, parecía que no terminaríamos nunca pero todo lo que empieza tiene su fin y éste fue muy satisfactorio. Llevamos las frutas con mis abuelos y mi mamá y contamos la hazaña.Rápido ofrecí tunas a todos pero se rehusaban a comerlas porque querían dejarlas todas para mí. Yo insistí y al final se comieron una. Yo también comí, la abrí con las manos sin necesidad de cuchillo y empecé a saborearla, mi boca había guardado el sabor de la tuna y no me pareció nueva la experiencia y hasta sentí que no la disfruté porque era tanto mi deseo desenfrenado que durante muchos años estuvo pendiente de este momento, que al hacerse realidad se desvaneció rápido.

Creí que había sido un buen día y tuve que contar las tunas para confirmar lo que sentía, si el número contenía un cinco o un siete sería un buen augurio y para mi maravillosa suerte conté diecisiete y entendí que hoy había sido un día especial, un día que pintaba ser normal y tuvo un vuelco, fue algo inesperado, tuve un encuentro con mi pasado, con mi niña interior, me sentí muy feliz, mi mamá me dijo que esperara hasta el próximo verano para poder volver a probar las tunas, aún así dudé que volviera a suceder algo parecido a hoy. Quizás cuando sea vieja.

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Buenas noches.

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